La Transición Refractada

¿Podemos descarbonizar la economía sin recolonizar la biodiversidad?

April 28, 202636 min readES

La energía limpia puede salvarnos del carbono. Pero si solo mide carbono, acabará convirtiendo los territorios megadiversos en la nueva geografía del sacrificio.

Por Juan del Mar — El Pulpo Verde / Transición Refractada / Abril de 2026

I. Dos paisajes, una misma promesa

Imagina dos imágenes superpuestas. La primera: un panel solar reflejando el sol del mediodía sobre un techo en Berlín, Madrid o Los Ángeles. O una flota de vehículos eléctricos rodando con ese silencio inquietante por una avenida limpia y ancha, repleta de árboles y jardines. La segunda, a miles de kilómetros, es menos amable: un salar andino donde piscinas de evaporación cuadriculan la costra blanca milenaria; o el tajo abierto en plena selva caribeña por una mina de cobre; o una de esas minas de níquel que han duplicado la deforestación en las islas de Indonesia.

Las dos imágenes están conectadas por una promesa común: salvar el clima.

La primera es la cara que el imaginario oficial de la sostenibilidad quiere que veamos. La segunda es la cara que ese mismo imaginario necesita que olvidemos. Y sin embargo ambas son, exactamente, el mismo proceso: la transición energética tal como está siendo desplegada en 2026.

Que conste de entrada, antes de que el lector apresurado deduzca lo que no se está diciendo: la transición energética es necesaria. No es opcional. Cada décima de grado evitada salva ecosistemas, vidas y futuros. Quien convierta este texto en argumento para defender el petróleo, el gas o el carbón estará leyendo en mala fe — o leyendo demasiado rápido. La pregunta de esta entrada no es si transitar. La pregunta es bajo qué métrica, con qué soberanía, sobre qué territorios y a costa de qué dimensiones.

Porque hay una pregunta que rara vez se hace en los foros climáticos del Norte y que esta pieza quiere poner sobre la mesa con la mayor precisión posible:

¿Podemos descarbonizar la economía sin recolonizar la biodiversidad?

La respuesta honesta es: no. Al menos, no sin cambiar la arquitectura de medición, financiación y soberanía que hoy gobierna la transición. Y sostener ese “no” con honestidad analítica es el propósito de las páginas que siguen.


II. La paradoja IEA: más transición, más emisiones

Lo primero es reconocer la realidad empírica. El Global Energy Review 2026 de la Agencia Internacional de Energía documenta lo que durante años fue promesa y hoy es hecho. En 2025, la demanda energética global creció un 1,3 %; la solar fotovoltaica fue, por primera vez en la historia, la mayor fuente individual de crecimiento de la demanda primaria, cubriendo más del 25 % del incremento; las fuentes bajas en emisiones aportaron casi el 60 % del crecimiento total; las renovables prácticamente igualaron al carbón en la generación eléctrica mundial; se vendieron más de 20 millones de vehículos eléctricos —cerca de uno de cada cuatro coches nuevos del planeta—; y la generación solar añadió cerca de 600 TWh, cubriendo en torno al 70 % del aumento de la generación eléctrica anual.

Pero, en el mismo año, las emisiones energéticas globales alcanzaron casi 38,4 gigatoneladas de CO₂ — un nuevo máximo histórico [1]. Más renovables, más vehículos eléctricos, más eficiencia —y aun así, más emisiones absolutas. La IEA estima que las tecnologías limpias desplegadas desde 2019 evitaron alrededor de 3 gigatoneladas de CO₂ en 2025 [2]. La transición funciona; el problema es que todavía se suma al metabolismo fósil en lugar de sustituirlo a la velocidad necesaria.

La paradoja no es contradictoria. Es estructural. Estamos instalando el futuro sin desmontar el pasado. La transición ocurre, hasta hoy, como adición metabólica, no como sustitución civilizatoria. Las renovables se suman al sistema fósil; no lo desplazan en términos absolutos al ritmo necesario.

Más aún: por primera vez desde los años noventa, las emisiones de las economías avanzadas crecieron en términos absolutos, después de décadas de tendencia descendente. Estados Unidos registró su segundo mayor aumento de demanda energética desde el año 2000, impulsado en buena parte por la voracidad eléctrica de los data centres, expandidos a su vez por el despliegue de la inteligencia artificial. La descarbonización del Norte empieza a tropezar con su propia infraestructura digital: una economía de la nube que exige energía física aunque se venda como inmaterial.

Pero esa es la cara visible — la cara de la atmósfera y la electricidad. La cara enterrada, el pasivo invisible que esta pieza quiere desenterrar, está en el subsuelo.


III. El mapa ya no es Norte-Sur: es tripartito

Existe un argumento clásico de justicia climática que dice así: el Norte Global causó la crisis climática, el Sur Global la padece, la transición debería corregir esa asimetría histórica. El argumento es correcto en su anclaje histórico. Hickel demostró en Lancet Planetary Health (2020) que el Norte Global en su conjunto es responsable del 92 % de las emisiones que han excedido la frontera planetaria desde 1850 —con Estados Unidos concentrando aproximadamente el 40 % del exceso global, la UE-28 cerca del 29 %, y el resto distribuido entre el Reino Unido, Canadá, Australia, Japón y otras economías avanzadas— bajo su método de atribución por cuotas justas per cápita [3]. El IPCC AR6 mide algo distinto pero complementario: que los países desarrollados aportaron aproximadamente el 57 % de las emisiones acumuladas totales de CO₂ fósil e industrial entre 1850 y 2019, y que las emisiones per cápita en 2019 eran de 9,5 toneladas en países desarrollados frente a 1,2 en África y 2,7 en América Latina [4]. Las dos métricas convergen en lo esencial: esa deuda es real, está cuantificada y no admite revisión.

Pero el binarismo Norte-Sur ya no captura la geografía real de la transición en 2026. La realidad, hoy, es tripartita.

En el primer vértice, los países diseñadores: Unión Europea y Estados Unidos. Diseñan las taxonomías —EU Taxonomy, ISSB, TNFD— que definen qué cuenta como inversión “verde”. Diseñan los regímenes de incentivo —Inflation Reduction Act estadounidense, Critical Raw Materials Act europeo— que canalizan capital hacia la transición. Capturan certificaciones, fee-for-service en cada eslabón regulatorio, asientos en los boards donde se redacta la regla.

En el segundo vértice, China. Y aquí hay que ser preciso, porque el lugar común no captura la magnitud. China no es Norte clásico ni Sur cantera: es el polo industrializador que capturó el cuello de botella de refinación, manufactura y escala. Capturó alrededor del 76 % de la inversión global en manufactura clean-tech en 2024, según BloombergNEF [5]. Refina 19 de los 20 minerales estratégicos analizados por la Agencia Internacional de Energía, con cuota promedio del 70 % [6]. Controla más del 90 % de la refinación de tierras raras y entre el 92 % y el 95 % de los imanes NdFeB que mueven turbinas eólicas y motores de vehículos eléctricos. Comprometió, según AidData (William & Mary Global Research Institute), aproximadamente USD 98.000 millones en operaciones de extracción y procesamiento de minerales de transición en 47 países entre 2000 y 2023 [7], mayoritariamente vía Project Finance directo a vehículos especiales —evitando deuda soberana y, con ella, los condicionamientos de la reestructuración multilateral.

En el tercer vértice, la base sacrificable: el Sur megadiverso. Los países cantera-y-corredor. Aquí están Chile y Argentina con el litio; Perú y Chile con el cobre; Bolivia con sus reservas teóricas que no logra industrializar; Indonesia con el níquel; la República Democrática del Congo con el cobalto; Madagascar y Mozambique con el grafito; Brasil amazónico con potencial de tierras raras; y también Panamá, hasta noviembre de 2023, con Cobre Panamá. Estos territorios proveen los vectores materiales de la transición, asumen los pasivos hidrológicos, biológicos y socioculturales, y capturan una fracción del valor que ningún término diplomático del lenguaje multilateral consigue dignificar.

¿Cuánta fracción? Las cifras son brutales y conviene sostenerlas con calma, sin dramatismo. Chile, en su modelo concesional con royalty progresivo CORFO, captura aproximadamente cinco veces más por unidad de litio que Argentina —y aun así su captura agregada del precio final del vehículo eléctrico, sumando cobre y litio, no supera fracciones marginales. La asimetría se mide menos en porcentajes absolutos que en órdenes de magnitud relativa: la captura del país cantera, al final de la cadena, queda muy por debajo del valor capturado en refinación, manufactura y comercialización aguas arriba.

En 2024 la cuota de los tres principales países refinadores de minerales energéticos clave subió al 86 %, frente al 82 % en 2020 (IEA Global Critical Minerals Outlook 2025) [8]. Tres años de IRA y CRMA —los grandes paquetes industriales del Norte para “diversificar” cadenas de suministro— han producido más concentración midstream china, no menos. La política industrial occidental aceleró la extracción upstream sobre territorios megadiversos, pero falló en romper el dominio refinador asiático.

Tres vértices, tres lógicas, una sola arquitectura.


IV. La transición mineral: del petróleo al subsuelo crítico

El siglo XX fue geopolítica del petróleo. Quien controlaba el crudo controlaba el músculo industrial, militar y diplomático del mundo. Las grandes guerras del siglo, desde la Primera Guerra Mundial hasta la invasión de Iraq, tienen al hidrocarburo como vector subterráneo del conflicto.

El siglo XXI se está organizando como geopolítica del mineral refinado. La transición energética no elimina la dependencia material; la traslada al subsuelo de otra naturaleza. Una unidad de electricidad solar requiere, en escala material, entre tres y seis veces más minerales que una unidad de electricidad fósil. Un coche eléctrico promedio incorpora seis a ocho veces más minerales críticos que un coche con motor de combustión interna. Una turbina eólica onshore requiere alrededor de nueve veces más minerales por megavatio que una planta de gas equivalente. La descarbonización es —en su materialidad concreta— una re-mineralización del sistema energético.

¿Qué minerales? Cobre para todo el cableado eléctrico, las redes y los motores. Litio, cobalto, níquel y grafito para baterías. Tierras raras —especialmente neodimio, praseodimio, disprosio y terbio— para los imanes permanentes que transforman la rotación en electricidad en turbinas y motores. Aluminio, silicio, plata, manganeso, zinc, indio, telurio para infraestructura solar y de transmisión.

La demanda crece a velocidades que sólo el ciclo del petróleo había mostrado antes. La demanda mundial de litio creció cerca del 30 % solo en 2024 (IEA). Las de níquel, cobalto, grafito y tierras raras crecieron entre 6 y 8 % el mismo año. El sector energético explica, según IEA, alrededor del 85 % del crecimiento total de demanda de metales de batería en los dos años previos. Para alcanzar los escenarios de descarbonización compatibles con limitar el calentamiento a 2°C, se requieren más de tres mil millones de toneladas de minerales y metales adicionales hasta 2050, según el informe Minerals for Climate Action del Banco Mundial (2020) [9], cifra retomada posteriormente por UNEP e IRENA.

Y aquí está el punto que el discurso público de la transición evita reconocer: no basta con tener el mineral. La captura de valor —y por tanto la posibilidad de financiar la propia conservación del territorio— ocurre en eslabones aguas arriba que la cantera no controla: refinación química, manufactura de componente intermedio (cátodos, magnetos, alambrón, oblea), ensamblaje de producto final (batería, motor, panel), patentes, software, financiación, estándares regulatorios.

Es matemática de cadena de valor: la mina puede capturar márgenes brutos altos sobre el precio del concentrado (en el ciclo cobre, hasta 48-60 % del precio LME del cátodo), pero ese cátodo representa apenas el 1-2 % del precio final de un vehículo eléctrico. Cobalto y níquel representan respectivamente 2-5 % y 3-7 % del costo del pack. El imán NdFeB de tierras raras, que es la cantera más concentrada y conflictiva, representa apenas el 1-2 % del precio de un coche eléctrico. Cada eslabón aguas arriba multiplica la base de valor sobre la que se aplican márgenes industriales más estables.

El resultado: el Sur megadiverso puede tener la mayor parte de las reservas físicas, y aun así perder la transición. La pregunta no es solo quién extrae. Es quién refina, quién manufactura, quién patenta, quién financia, quién certifica como verde, quién audita el impacto local, y quién, finalmente, pone el precio en el mercado de capitales.

Conviene una precisión que el debate público a veces pasa por alto: el problema no es que la transición requiera minerales. Toda civilización tiene materialidad, y descarbonizar también la tiene. El problema es que la transición actual decide demasiadas veces dónde extraer, cómo medir, qué se etiqueta como verde y quién paga el daño, sin que los territorios megadiversos tengan capacidad equivalente de decisión, auditoría y veto. La crítica no es contra la mineralidad de la transición, sino contra su asimetría.


V. El régimen carbonocéntrico

Lo que une a los tres vértices —y lo que justifica que la asimetría se amplíe en lugar de cerrarse— es una métrica única. Un régimen evaluativo que reduce la complejidad triaxial del territorio (geofísica, biológica, sociocultural) a una sola variable: toneladas de dióxido de carbono equivalente evitadas.

Llamemos a esto el régimen carbonocéntrico. Un proyecto se aprueba si reduce CO₂eq atmosférico, sin importar qué destruya en el proceso local. Un instrumento financiero se etiqueta “verde” si financia tecnología baja en carbono, sin importar qué pase con el agua del salar, con la subsistencia de la comunidad atacameña, con la fauna del Tapón del Darién, con el bofedal en Antofagasta de la Sierra o con el corredor migratorio del jaguar en el Caribe panameño.

Una tonelada de CO₂ evitada no nos dice si se secó un salar, si se fragmentó una selva primaria, si se contaminó una cuenca, si se desplazó una comunidad, si una especie microendémica se extinguió, o si un país megadiverso entregó su soberanía ambiental a cambio de divisas. La métrica es ciega a todo lo que no es masa de carbono atmosférico.

Esto no es nuevo. Lo conocemos. La generación pasada de instrumentos climáticos —los esquemas REDD+ para reducción de emisiones por deforestación y degradación forestal— protagonizó una falla análoga durante la década de 2010. Buscando proteger bosques como sumideros de carbono (la dimensión biológica, BIO en mi notación TMD), los esquemas REDD+ frecuentemente criminalizaron a las comunidades indígenas que habitaban esos mismos bosques (la dimensión sociocultural, SI). Bajo el argumento técnico de proteger BIO, se destruyó SOCIO. La crítica está documentada en literatura peer-reviewed y motivó la noción de green grabbing —el acaparamiento verde— como mecanismo de despojo bajo coartada climática.

Lo que la transición energética está haciendo en 2026 es estructuralmente más violento. Si REDD+ destruyó SOCIO en nombre de BIO, la transición destruye BIO + SOCIO simultáneamente en nombre de un GEO parcial — no la estabilidad geofísica completa del territorio (acuíferos, suelos, ciclos hidrológicos locales, integridad geomorfológica), sino apenas un componente: la masa de carbono atmosférico evitada en el agregado global. La paradoja se ha intensificado. Llamémosla, con propiedad, conservación-paradoja v2.0.

La extensión taxonómica del fenómeno es geográfica además de conceptual. La arquitectura europea trata la cadena de minerales críticos de forma fragmentada: el Critical Raw Materials Act (Reglamento UE 2024/1252) busca asegurar metas de extracción, procesamiento y reciclaje hacia 2030, pero la contabilidad financiera “verde” de la EU Taxonomy sigue tendiendo a iluminar el activo downstream —la batería, el panel, la fábrica de cátodos— más que el costo territorial completo del upstream extractivo. Una planta manufacturera de baterías en Polonia o una fábrica de cátodos en Suecia se etiquetan alineadas a taxonomía mientras importan concentrado del Salar de Atacama, del Copper Belt congoleño o de Halmahera sin que ningún criterio de extracción haya sido evaluado en origen con rigor equivalente. Schütze y Stewart (2022) llaman a esta dinámica regulatoria implicit greening upstream: el lavado verde por omisión del eslabón territorialmente más sensible.

Y los criterios DNSH (”no causar daño significativo”) del Apéndice D de la Taxonomía europea se anclan en directivas ambientales europeas —Hábitats, Aves, EIA— que no son extraterritoriales. Vinculan al activo físico instalado en territorio UE. La planta de baterías polaca debe respetar Natura 2000. La mina de níquel laterítico que la alimenta en Halmahera no tiene equivalente vinculante. China replica el patrón: el Common Ground Taxonomy UE-China muestra ~80 % de overlap en mitigación y la misma omisión espejo del upstream extractivo. Tres polos regulatorios, una sola lógica de externalización.

No hace falta imaginar una conspiración cuando la arquitectura de incentivos ya produce el resultado. El régimen carbonocéntrico no necesita maldad: necesita exactamente la métrica unidimensional que tiene, los DNSH cosméticos que tiene, las taxonomías que tiene y los boards sin asiento del Sur que tiene.

Una evidencia adicional, externa al marco Teoría de la Megabiodiversidad (TMD) pero convergente con su crítica: hasta febrero de 2026, según la propia Initiative for Responsible Mining Assurance (IRMA), ninguna mina del mundo había alcanzado IRMA 100 —el nivel máximo del estándar minero voluntario más riguroso disponible— [10]. La transición exige minerales “limpios”, pero la frontera de la auditoría responsable sigue muy por detrás de la frontera de la demanda. La auditoría robusta es excepción, no regla.

El problema no es que el carbono no importe. El problema es que importe tanto que todo lo demás desaparezca: agua, biodiversidad, territorio, cultura, derecho a decir no.


VI. La cuarta dimensión computacional

Hay una dimensión del problema que no aparece en los marcos convencionales y que el marco de la TMD permite nombrar con precisión. La llamo la cuarta dimensión computacional: la asimetría persistente entre quien produce el dato ambiental (la corporación extractora) y quien teóricamente lo regula (el Estado anfitrión megadiverso). No es un déficit administrativo coyuntural susceptible de subsanarse con cooperación internacional. Es la condición de posibilidad estructural del modelo.

Concretamente: el Estado megadiverso firma un contrato de extracción cuyas variables críticas —balance hídrico de un acuífero fósil, concentración de metales pesados en sangre humana, tasa de subsidencia de un salar, drenaje ácido de roca, integridad de un muro de relaves, impacto acumulativo sobre un corredor biológico— no puede medir, validar ni auditar con instrumentos propios. Depende del auto-reporte corporativo, validado ex post por agencias estatales con personal, presupuesto y laboratorios manifiestamente insuficientes, o tercerizado a auditoras privadas internacionales que la propia empresa contrata.

El dato ambiental se vuelve, en esa arquitectura, un acto de fe administrativo. Y la información territorial independiente —cuando existe— la producen comunidades organizadas y científicos universitarios, no el aparato fiscalizador del Estado.

Esto importa porque la soberanía del siglo XXI no se juega solo en la posesión nominal del territorio. Se juega en la capacidad computacional de auditar lo que ese territorio sostiene. Un país megadiverso sin laboratorios isotópicos públicos, sin redes hidrogeológicas independientes, sin cuerpos de inspectores con credencial técnica permanente, sin imágenes satelitales propias y sin protección efectiva a los defensores que producen evidencia desde abajo, opera en estado de incapacidad estructural para hacer valer su propia soberanía territorial.

La pregunta política que esta pieza pretende abrir no es cómo cerrar la brecha —pregunta técnica resoluble en el papel pero no en la realidad fiscal— sino quién se beneficia de que la brecha permanezca abierta.


VII. El mosaico latinoamericano: tres escenas

El mosaico minero latinoamericano de 2026 ofrece tres modelos contrastantes de cómo la asimetría se manifiesta. Tres relaciones distintas entre el Estado megadiverso y el régimen extractivo de la transición. Tres escenas para entenderlo sin convertir la lectura en inventario.

Escena 1 — Cobre Panamá: el bloqueo soberano y el costo del veto

El 28 de noviembre de 2023, la Corte Suprema de Justicia de Panamá declaró por unanimidad la inconstitucionalidad de la Ley 406, contrato entre el Estado y la canadiense First Quantum Minerals para explotar el yacimiento de cobre más grande de Centroamérica [11]. Veinticinco artículos constitucionales violados. Una mina que representaba aproximadamente el 5 % del PIB panameño y el 75 % de las exportaciones del país clausurada por movilización ciudadana —semanas de protestas, cuatro a cinco muertos según la Defensoría del Pueblo, más de cien heridos por perdigón, cuatro personas con pérdida total de visión en un ojo, mil doscientos setenta y cuatro detenidos— y por soberanía judicial. El Estado dijo no.

El costo de decir no resultó feroz. En su pico, Panamá enfrentó demandas arbitrales agregadas que superaron los 27 mil millones de dólares entre First Quantum (USD 20.000 M ante CCI), Franco-Nevada (USD 5.000 M ante el TLC Canadá-Panamá) y otros accionistas — equivalente a aproximadamente el 30 % del PIB nacional. Cobre Panamá representaba al momento de su cierre cerca del 40 % de los ingresos consolidados de First Quantum a nivel global. Bajo esa presión combinada, el gobierno entrante de José Raúl Mulino (julio 2024) modificó progresivamente su postura: aprobó el Plan de Preservación y Gestión Segura del sitio en mayo de 2025; autorizó la exportación de 122.520 toneladas métricas secas de concentrado almacenado entre junio y julio de 2025, generando aproximadamente USD 30 millones en regalías en el cuarto trimestre; y el 31 de marzo de 2025 First Quantum acordó descontinuar el arbitraje ante la Cámara de Comercio Internacional (CCI) y suspender el procedimiento bajo el TLC Canadá-Panamá [12], como condición impuesta por el Ministerio de Comercio panameño para iniciar negociaciones de reapertura. El arbitraje de Franco-Nevada continúa, con audiencia programada para octubre de 2026. Mulino ha indicado públicamente la prioridad de reabrir la mina tras completar la reforma del sistema de pensiones.

La auditoría integral del proyecto durante el cierre fue subcontratada por el Estado panameño a SGS, multinacional privada europea —hecho que revela dependencia de capacidad técnica externa para una verificación ambiental integral en territorio propio—. El propio Estado que ejerció soberanía constitucional debe pagar a una empresa europea para verificar qué dejó First Quantum en su territorio. La cuarta dimensión computacional revelada en su forma más cruda: el costo del veto, materializado en pérdida del PIB, en contracción presupuestaria del 15 % del Presupuesto General del Estado para 2025, y en USD 46 millones gastados en abogados de arbitraje en la última década.

Cobre Panamá enseña, contra la lectura ingenua, que la soberanía constitucional no es gratuita. Y que cuando el costo del veto se vuelve insoportable, el sistema doblega incluso al Estado que dijo no. La sentencia de 2023 fue real. Su capacidad de sostenerse en el tiempo, sin embargo, depende de algo que la sentencia no contiene: la capacidad económica del Estado anfitrión de absorber el costo financiero del veto.

Escena 2 — El Salar de Atacama: el socio extractivo y el agua que no aparece en la batería

Chile firmó en mayo de 2024 un Acuerdo de Asociación entre Codelco —su empresa estatal del cobre— y SQM —su gigante privado del litio— que monopoliza la extracción del Salar de Atacama hasta el año 2060. El Estado se convirtió en socio mayoritario de la operación con el 50 % más una acción. La narrativa oficial: es una “Estrategia Nacional del Litio”. La realidad sobre el terreno es otra.

La Superintendencia del Medio Ambiente chilena (SMA) opera con aproximadamente 88 fiscalizadores nacionales para todo el país, alrededor de tres por región, con vacantes prolongadas en Arica y Tarapacá durante 2025. Más del 80 % de los pozos hidrogeológicos que reportan el balance hídrico del salar son operados por las propias empresas SQM y Albemarle. El Primer Tribunal Ambiental tipificó esta situación, en su sentencia de diciembre de 2019, como “elevado nivel de incerteza científica”. En 2022 la SMA aprobó un Programa de Cumplimiento contra SQM Salar por aproximadamente CLP 46.000 millones (cerca de USD 50 millones al tipo de cambio del momento de la sanción); en octubre de 2025 sancionó a Albemarle con 4.713 UTA por sobreextracción.

Y en agosto de 2024, un estudio del Departamento de Geología de la Universidad de Chile, liderado por Francisco Delgado y Joaquín Castillo, publicado en IEEE Transactions on Geoscience and Remote Sensing y utilizando interferometría SAR del satélite argentino SAOCOM-1, detectó subsidencia del orden de 1 a 2 centímetros por año en una zona de aproximadamente 8 por 5 kilómetros al suroeste del salar — coincidente exactamente con los pozos de extracción de SQM y Albemarle [13]. El propio salar está hundiéndose.

Ese dato es producido por una universidad pública chilena, no por la agencia regulatoria. La auditoría territorial soberana, cuando ocurre, viene de la academia y de la sociedad civil organizada, no del aparato fiscalizador del Estado. Mientras tanto, en marzo de 2026, el gobierno entrante de José Antonio Kast suspendió decenas de reglamentos ambientales en sus primeras semanas de gestión, incluidos límites a emisiones de fundiciones, e inició conversaciones con Estados Unidos para tierras raras. La socio-extracción se intensifica.

El núcleo del conflicto socioambiental en Atacama no es el litio per se. Es el agua. SQM extrae desde las profundidades del núcleo del salar millones de litros de “salmuera” —una solución hipersalina que contiene aproximadamente un 70 % de agua y 300.000 mg/L de sólidos disueltos— que es bombeada a piscinas de evaporación solar. La narrativa corporativa argumenta que esto “replica un mecanismo natural” y que “el agua se devuelve a la atmósfera”. La evidencia hidrogeológica independiente —de la Universidad Católica del Norte, del Centro de Estudios Avanzados, del propio Consejo de Pueblos Atacameños— documenta lo contrario: el bombeo industrial masivo desde el núcleo hipersalino rompe la interfaz de presión hidrostática con los acuíferos de agua dulce de la cordillera, deprime el núcleo del salar, y desplaza el flujo de agua dulce hacia el centro salino, secando los humedales superficiales donde habitan flamencos y se sostiene el pastoreo andino.

El Salar de Atacama es el caso perfecto para mostrar que el litio no se extrae de un “vacío blanco”. Se extrae de un sistema hidrogeológico vivo de millones de años, en uno de los lugares más secos de la Tierra, donde cada gota de agua dulce es escasez milenaria. El agua que sacia la batería del Tesla es el agua que ya no llegará a las vegas de Peine, Toconao y Camar.

Escena 3 — El Salar de Uyuni: la incapacidad técnica como riesgo total

Bolivia se asienta sobre la mayor acumulación teórica de salmueras litíferas del planeta — al menos 23 millones de toneladas de recursos litíferos certificados bajo norma NI 43-101 en abril de 2025 (cifra que se refiere a recursos identificados, no a reservas técnicamente recuperables). Y, hasta 2026, ha producido aproximadamente nada. Su empresa estatal, Yacimientos de Litio Bolivianos (YLB), exportó 9,75 millones de dólares en 2024 — frente a una proyección oficial del Plan de Desarrollo Económico y Social que apuntaba a USD 3.134 millones. Una brecha de más del 99 % entre lo prometido y lo producido. Y, según el ministro Mauricio Medinaceli del nuevo gobierno de Rodrigo Paz Pereira (asumió en noviembre de 2025), YLB se encuentra desde febrero de 2026 en “prequiebra técnica”.

¿Por qué? La administración de Luis Arce firmó en 2024 contratos con el consorcio chino Hong Kong CBC (CATL-BRUNP-CMOC, USD 1.030 millones para dos plantas) y con la rusa Uranium One Group/Rosatom (USD 970-975 millones para Uyuni más USD 600 millones para Pastos Grandes) para implementar tecnología de Extracción Directa de Litio (DLE). Pero esos contratos —remitidos a la Asamblea Legislativa— nunca fueron ratificados por el pleno. Una jueza agroambiental de La Paz, a solicitud del Defensor del Pueblo, los suspendió en agosto de 2025 por ausencia de Estudio de Impacto Ambiental Estratégico y de consulta previa libre e informada conforme al Convenio 169 de la OIT.

La tecnología DLE de China y Rusia es, en términos químicos, una “caja negra” cerrada al escrutinio del aparato científico boliviano. YLB no posee laboratorios con capacidad de auditar la cantidad real de agua dulce que el método consume para diluir reactivos, ni la energía requerida para la reinyección a gran escala, ni la tasa real de recuperación. Estimaciones independientes de Gonzalo Mondaca (CEDIB) sugieren que la demanda hídrica bajo el contrato CBC equivaldría aproximadamente al 17 % del consumo anual de los 856.000 habitantes de Potosí. La incapacidad técnica del Estado se traslada, por defecto, como riesgo absoluto al ecosistema y a las comunidades de Nor Lípez —cincuenta y tres comunidades agrupadas en la CUPCONL que presentaron Acción Popular en mayo de 2025.

Tres modelos, una arquitectura común: el Estado anfitrión megadiverso o veta y paga, o se asocia y se desentiende, o ni siquiera puede auditar lo que firma. A los tres modelos los une la cuarta dimensión computacional. A los tres modelos los une, también, una pregunta que el carbono no formula: ¿cuánta agua antigua, cuánta biodiversidad, cuántos defensores y cuánta soberanía está dispuesta a aceptar la transición global como costo aceptable?


VIII. La arquitectura financiera del extractivismo verde

Por encima de la mina, del salar y del corredor andino, hay una arquitectura financiera-regulatoria que decide qué proyecto es “verde”, qué deuda es “azul”, qué taxonomía aplica y qué riesgo se asegura con dinero público para liberar capital privado. Esta arquitectura está diseñada en el Atlántico Norte, ejecutada por intermediarios financieros y grandes ONG conservacionistas internacionales, y soportada físicamente por territorios del Sur megadiverso que carecen de asiento decisorio en cualquiera de los cuerpos que definen las reglas.

Los flujos de capital, en magnitudes. Según el informe Mining and Money publicado por BankTrack y socios de Forests & Finance en 2025, los grandes bancos comerciales canalizaron USD 493 mil millones en préstamos y servicios de underwriting a empresas de minería de minerales de transición entre 2016 y 2024; los inversionistas mantenían además aproximadamente USD 289 mil millones en bonos y acciones de estas mismas empresas a junio de 2025 [14]. JPMorgan, Citi, BNP Paribas, HSBC, Standard Chartered, Mizuho y MUFG dominan los mandatos de project finance y syndicated loans. El éxodo de los seis grandes bancos estadounidenses de la Net Zero Banking Alliance entre diciembre de 2024 y enero de 2025 —tras presión política anti-ESG bajo la segunda administración Trump— marcó un punto de inflexión: el compromiso ESG corporativo se disuelve en cuanto la rentabilidad financiera del carbon-only ESG se ve disputada por el riesgo regulatorio.

La cifra paralela china, ya mencionada, completa el cuadro: AidData rastrea USD 98 mil millones de financiación oficial china a operaciones de extracción y procesamiento de minerales de transición en 47 países entre 2000 y 2023, mayoritariamente vía bancos comerciales estatales (ICBC, BOC, CITIC) que han desplazado progresivamente a los policy banks tradicionales (CDB, China Eximbank). Según el análisis Power Playbook de AidData, una parte sustancial de esta cartera califica como deuda no soberana, canalizada vía Project Finance directo a vehículos especiales en países como Perú (Las Bambas, Toromocho), República Democrática del Congo (Sicomines, Tenke Fungurume), Indonesia (Tsingshan Morowali) y Bolivia (CBC Uyuni-Coipasa).

Hay un dato que ordena la asimetría a un nivel estructural: la activación efectiva de salvaguardas de pueblos indígenas en la propia banca multilateral. NomoGaia, en su análisis FPIC at the IFC, encontró que entre 2012 y 2020 la International Finance Corporation aplicó su Performance Standard 7 sobre Pueblos Indígenas en 29 de 2.116 proyectos de su cartera —apenas el 1,37 %—, y que no más de cuatro de esos proyectos resultaron en un proceso FPIC (consentimiento previo, libre e informado) documentado y aceptado por las comunidades afectadas: 0,19 % de la cartera total [15]. La transición habla de consentimiento; la arquitectura financiera lo activa como excepción. Y conviene una advertencia metodológica: la cartera IFC no equivale al universo global de minería de transición, por lo que esa cifra no debe leerse como equivalente directo del 54 % de minerales de transición en o cerca de tierras indígenas. Es señal de subactivación de salvaguardas, no equivalencia estadística.

Y luego están los debt-for-nature swaps de nueva generación, instrumento financiero que merece análisis aparte porque encarna en su geometría la asimetría completa del régimen.

Belice canjeó un superbond de USD 553 millones por un blue bond de USD 364 millones en 2021. Ecuador canjeó USD 1.600 millones de deuda soberana por un blue bond Galápagos de USD 656 millones en 2023, con seguro DFC y garantía IDB. Gabón hizo un swap por USD 500 millones en 2023. El Salvador, USD 1.000 millones para la cuenca del Río Lempa en 2024. Bahamas, USD 300 millones en 2024. La narrativa pública: el Sur protege biodiversidad y obtiene alivio de deuda. Una solución elegante para la doble crisis fiscal-ecológica.

La lectura crítica, sin sensacionalismo, es algo distinta: los DNS protegen áreas marinas y de cuenca de bajo costo de oportunidad extractivo, mientras dejan intactas las concesiones terrestres con minerales de transición. El DNS de Ecuador cubre la Reserva Marina Galápagos y Hermandad. No incluye condicionalidad sobre Yasuní-ITT ni sobre el Chocó Andino —dos territorios donde se votó en referéndum en agosto de 2023 contra el petróleo (59 % No) y contra la minería metálica (68 % No), respectivamente. Críticos de los DNS han señalado que la presión de las calificadoras crediticias sobre la deuda soberana puede disciplinar decisiones ambientales democráticas en países anfitriones —incluido el caso ecuatoriano tras el referéndum del Yasuní—, abriendo un debate abierto sobre el costo soberano real de estos instrumentos.

Gabón firmó su DNS apenas seis meses después de que Fortescue Metals firmara compromisos significativos de inversión minera en el país, incluyendo proyectos con puerto de aguas profundas en Mayumba —justo en el límite de las áreas marinas “protegidas” por el swap. El ministro Lee White, arquitecto del DNS gabonés, fue detenido bajo acusaciones de corrupción tras el golpe de Estado del 30 de agosto de 2023 — apenas quince días después del cierre financiero. La deuda quedó atada por quince años a un régimen políticamente inestable y bajo sospechas de corrupción.

El dato macro que ordena la perspectiva proviene de Eurodad: entre 1987 y 2023, los países de bajo y mediano ingreso pagaron aproximadamente USD 7,6 billones en servicio de deuda externa, frente a apenas USD 8,4 mil millones tratados vía debt-for-nature swaps. La proporción es de 1 a 900 [16]. La conservación financiarizada es, en la mejor de las lecturas, una propina sobre la sangría de la deuda.

Una vez más, no hace falta imaginar conspiración. La arquitectura de incentivos ya produce el resultado.


IX. MGBSD: del vector al tensor

Los marcos multidimensionales actuales —Planetary Boundaries de Rockström y colaboradores (versión 2023 con Richardson et al.), Doughnut Economics de Raworth, Inclusive Wealth Index del UNEP IRP, TNFD, SBTN, SEEA Ecosystem Accounting, IPBES Nature’s Contributions to People (Díaz et al. 2018), Earth System Justice de Gupta y colaboradores en Nature (2023), entre otros— han avanzado considerablemente desde los marcos monodominio originales de hace quince años. Algunos cubren las tres dimensiones (geofísica, biológica, sociocultural) cualitativamente. Algunos introducen justicia distributiva como límite restrictivo. Algunos son deliberadamente bidimensionales como la Doughnut.

Pero ninguno combina simultáneamente cuatro propiedades estructurales: (i) álgebra tensorial multilineal con interacciones cruzadas explícitas, (ii) temporalidad cinéticamente diferenciada en tres horizontes —la temporalidad geofísica de los acuíferos fósiles, la temporalidad biológica de la regeneración ecológica, la temporalidad sociocultural intergeneracional—, (iii) escala anidada formalizada (UTB, cuenca, región, país, planeta), y (iv) tratamiento del eje sociocultural como dimensión centinela autónoma e irreducible —no como variable instrumental subordinada a una función de utilidad económica.

En el corpus revisado no encontramos un marco peer-reviewed que combine simultáneamente esas cuatro propiedades. Esa es la intersección que ocupa

Tres dimensiones —geofísica, biológica, sociocultural— combinadas mediante producto tensorial, moduladas por temporalidad triple y escala anidada. El símbolo ⊗ no es decorativo: indica producto tensorial, no suma. Los marcos actuales, en su gran mayoría, suman dimensiones: carbono + biodiversidad + comunidad + economía. Pero sumar no basta, porque esas dimensiones no son intercambiables. No se puede compensar un acuífero fósil con empleo temporal; no se puede compensar una cultura rota con CapEx verde; no se puede compensar una especie microendémica con toneladas de CO₂ evitadas. Cada dimensión vive en su propia métrica, en su propia temporalidad, en su propia escala — y el tensor codifica esa inconmensurabilidad ontológica.

MGBSD no es una métrica más. Es una forma de impedir que una sola métrica gobierne todas las demás.

El aporte propio del marco no es temático — IPBES Nature’s Contributions to People ya señaló cualitativamente, en 2018, que la naturaleza tiene contribuciones materiales, no-materiales y reguladoras a las personas, con valoración pluralista; Earth System Justice de Gupta y colaboradores extendió en 2023 esa pluralidad a la justicia interespecies-intergeneracional-intrageneracional. El aporte propio es algebraico: pasar del vector multidimensional al tensor irreducible, codificar la temporalidad triple cinéticamente diferenciada, y operacionalizar la escala anidada que la cuarta dimensión computacional exige para auditar territorialmente.

¿Para qué sirve operativamente? Para evaluar un proyecto minero de transición sin colapsar su complejidad triaxial en una métrica única. Para que un Estado megadiverso pueda producir un dictamen de aprobación o rechazo que no sea reducible al benchmark de tCO₂eq evitada. Para que las comunidades afectadas tengan un slice del tensor donde su voz no esté monetizada como “willingness to pay”. Para que la conservación-paradoja v2.0 deje de ocultarse tras el lenguaje de la materialidad financiera.

Es trabajo en curso. Su operacionalización plena exige protocolos de gobernanza pluri-epistémica, datos territoriales soberanos —es decir, exige resolver la cuarta dimensión computacional, que es precisamente lo que el régimen actual está diseñado para mantener abierto. El círculo es duro de quebrar. Pero nombrarlo es el primer paso.


X. Cinco pruebas para una transición que merezca el nombre

Cuando una métrica única gobierna una transición entera, la vida que no cabe en esa métrica se vuelve sacrificable.

Por eso una transición verdaderamente ecológica debe pasar al menos cinco pruebas. Cinco preguntas que el régimen carbonocéntrico estructuralmente no formula y que el marco MGBSD permite formular con precisión:

  • Prueba 1 — Carbono. ¿Reduce efectivamente toneladas de CO₂eq emitidas? Esta es la pregunta clásica. Es necesaria. Pero por sí sola es radicalmente insuficiente.

  • Prueba 2 — Biodiversidad. ¿Preserva, restaura o destruye la integridad biológica del territorio donde ocurre? ¿Fragmenta corredores? ¿Extingue especies microendémicas? ¿Compromete la capacidad regenerativa del ecosistema?

  • Prueba 3 — Agua. ¿Cuántos litros de agua dulce, salobre o fósil consume? ¿De qué acuífero, con qué tasa de recarga, con qué impacto sobre humedales y comunidades aguas abajo? El agua es la métrica que la batería esconde mejor.

  • Prueba 4 — Justicia territorial. ¿Hay consulta previa libre e informada conforme al Convenio 169 de la OIT y a la Declaración de la ONU sobre Derechos de los Pueblos Indígenas? ¿Las comunidades afectadas tienen derecho efectivo a decir no? ¿Están protegidos los defensores que producen evidencia desde abajo?

  • Prueba 5 — Soberanía computacional. ¿El Estado anfitrión tiene capacidad técnica propia —laboratorios públicos acreditados, redes hidrogeológicas independientes, cuerpos de inspectores con credencial permanente, imágenes satelitales soberanas, ciencia universitaria fortalecida— para auditar territorialmente lo que firma? La cuarta dimensión computacional es la prueba menos obvia y la más estructural: sin ella, las cuatro anteriores se vuelven enunciados sin verificación.

Si una transición falla cualquiera de estas cinco pruebas, no es transición: es extractivismo con batería.


XI. Cierre: el Pulpo Verde

La transición energética puede ser emancipadora. Puede permitir a países reducir dependencia fósil, electrificar servicios básicos, abaratar electricidad, descentralizar generación, reindustrializar bajo nuevos pactos sociales. Puede salvar la atmósfera. Puede comprar tiempo civilizatorio crítico. Y debe.

Pero también puede ser una nueva gramática colonial. Puede dejar a los países megadiversos exportando suelo, agua antigua, biodiversidad y riesgo, mientras otros acumulan patentes, baterías, márgenes industriales, créditos fiscales y poder regulatorio. Puede convertirse en el nuevo nombre del viejo extractivismo, ahora bendecido por el lenguaje moral de la salvación climática.

Cuál de las dos transiciones se impone no es inevitable. Se decide en cada métrica que aceptamos como suficiente, en cada taxonomía que aceptamos como verde, en cada DNSH que aceptamos como cosmético, en cada debt-for-nature swap que aceptamos como conservación, en cada ausencia que aceptamos en los boards donde se diseña la regla, en cada cifra de defensor asesinado que aceptamos como costo aceptable.

La pregunta del Pulpo Verde —cada tentáculo agarra una cuenta distinta— no es si descarbonizar. Es bajo qué tensor de soberanía aceptamos descarbonizar. Es si el carbono va a operar como métrica universal —y por tanto como mecanismo de exclusión de todo lo que el carbono no captura— o si el régimen evaluativo va a aprender a vivir con la inconmensurabilidad de las dimensiones que la vida real tiene.

Mientras el debate se mantenga en términos del Norte —¿cómo descarbonizamos rápido y sin cambiar el statu quo?— en vez de en términos del Sur megadiverso —¿bajo qué tensor de soberanía aceptamos descarbonizar?—, la transición será solo el nuevo nombre del viejo extractivismo.

La transición no apaga el incendio. Lo muda al sur del mapa.

Una civilización que salva la atmósfera destruyendo la biosfera no ha entendido la crisis: solo ha cambiado de víctima.


Notas

[1] International Energy Agency, Global Energy Review 2026 (Paris: IEA, abril 2026). Disponible en https://www.iea.org/reports/global-energy-review-2026.

[2] IEA, Global Energy Review 2026 — sección sobre emisiones evitadas por tecnologías limpias desplegadas desde 2019: https://www.iea.org/reports/global-energy-review-2026/co2-emissions.

[3] Hickel, J. (2020). “Quantifying national responsibility for climate breakdown: an equality-based attribution approach for carbon dioxide emissions in excess of the planetary boundary”. The Lancet Planetary Health 4(9): e399-e404. https://doi.org/10.1016/S2542-5196(20)30196-0.

[4] IPCC AR6 Working Group III, Capítulo 2 (”Emissions trends and drivers”), 2022. https://www.ipcc.ch/report/ar6/wg3/chapter/chapter-2/.

[5] BloombergNEF, Energy Transition Supply Chains 2025 (resumen público): https://about.bnef.com/insights/clean-energy/.

[6] IEA, Global Critical Minerals Outlook 2025 (Paris: IEA, 2025). https://www.iea.org/reports/global-critical-minerals-outlook-2025.

[7] Walsh, K., Escobar, B., Zhang, S. et al. (2026). Tracking China’s Transition Mineral Financing: Methodology and Approach, Version 2.0 (Williamsburg, VA: AidData at William & Mary). https://www.aiddata.org/data/aiddatas-chinese-financing-for-transition-minerals-dataset-version-2-0.

[8] IEA, Global Critical Minerals Outlook 2025 — Executive Summary, sección sobre concentración de la cadena de procesamiento.

[9] World Bank (2020). Minerals for Climate Action: The Mineral Intensity of the Clean Energy Transition. Washington DC: World Bank Group. https://www.worldbank.org/en/topic/extractiveindustries/brief/climate-smart-mining-minerals-for-climate-action.

[10] Initiative for Responsible Mining Assurance (IRMA), FAQ públicas a febrero de 2026. https://responsiblemining.net/

.[11] Sentencia de la Corte Suprema de Justicia de Panamá, Pleno, sobre la inconstitucionalidad de la Ley 406, 28 de noviembre de 2023.

[12] First Quantum Minerals (2025). “First Quantum Provides Update on Arbitration Proceedings in Panama”, comunicado del 31 de marzo de 2025. https://www.first-quantum.com/news/.

[13] Delgado, F., Castillo, J. et al. (2024). “Subsidence at Salar de Atacama detected by SAOCOM-1 InSAR, 2020-2024”. IEEE Transactions on Geoscience and Remote Sensing, agosto 2024. Resumen disponible en Universidad de Chile: https://uchile.cl/noticias/.

[14] Forests & Finance / BankTrack (2025). Mining and Money: Financial Fault Lines in the Energy Transition. Amsterdam: BankTrack. https://www.banktrack.org/

.[15] NomoGaia (2020). FPIC at the IFC. Análisis de la activación del Performance Standard 7 en la cartera de la International Finance Corporation 2012-2020.

[16] Eurodad (2023). Debt Swaps. Bruselas: European Network on Debt and Development.


Notas sobre fuentes y verificación

Esta pieza opera con tres niveles de citación, deliberadamente diferenciados:

Nivel 1 — Citas blindadas (fuente primaria oficial o peer-reviewed): IEA Global Energy Review 2026; IEA Global Critical Minerals Outlook 2025; IPCC AR6 Working Group III, Capítulo 2; UNEP/IRENA datos de minerales críticos; Hickel (2020) en Lancet Planetary Health; Owen et al. (2023) en Nature Sustainability; Gupta et al. (2023) en Nature; Richardson et al. (2023) en Science Advances; AidData (W&M Global Research Institute, 2026); Universidad de Chile / SAOCOM-1 (2024) en IEEE Transactions on Geoscience and Remote Sensing; sentencias de la Corte Suprema de Panamá (28/11/2023), Corte de Justicia de Catamarca (13/03/2024), Sala Mixta de Canchis (enero 2025); reportes corporativos de First Quantum Minerals, Codelco, SQM y BHP.

Nivel 2 — Citas atribuibles (informes de ONG, prensa investigativa especializada): Forests & Finance / BankTrack (2024) sobre financiamiento bancario a minería de transición; Eurodad (2023) sobre proporción servicio de deuda vs. debt-for-nature swaps; Global Witness Roots of Resistance (2025) sobre defensores; NomoGaia FPIC at the IFC (2020) sobre activación de PS7 en cartera IFC; Initiative for Responsible Mining Assurance (IRMA, FAQ febrero 2026) sobre estado de certificaciones; CFFA / Andre Standing sobre debt-for-nature swap de Gabón; Mongabay LatAm; CIPER/Climate Tracker; CIAM Panamá; CooperAcción Perú; CEDIB Bolivia; FARN Argentina; Ojo-Público; Convoca.pe; Fundación Solón; OCMAL; EJAtlas.

Nivel 3 — Hipótesis interpretativas (marco teórico propio, en construcción): “Conservación-paradoja v2.0”, “cuarta dimensión computacional”, “Sur cantera-y-corredor”, “régimen carbonocéntrico”, “geografía tripartita”, “implicit greening upstream” (este último siguiendo a Schütze & Stewart 2022). Estas categorías son aportes del marco MGBSD / Teoría de la Megabiodiversidad y se presentan explícitamente como interpretaciones, no como hechos empíricos cerrados.

Algunas cifras circulantes en la literatura ESG —porcentajes específicos de proyectos mineros indexados a tCO₂eq como métrica única, conteo nominal exacto de asientos del Sur en boards específicos, ratio porcentual de fees retenidos por gestores específicos en operaciones de debt-for-nature swap— se omiten deliberadamente o se presentan con lenguaje calibrado, dado que requieren auditoría documental directa antes de incorporarse como afirmaciones citables. Otras cifras potentes que sí se incorporan —cero minas con IRMA 100 a febrero de 2026, NomoGaia 29/2.116 sobre activación PS7 en IFC— se citan con su fuente primaria explícita.

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