Gasolina contra camotes; China, economía circular y bioetanol

Un estudio mide lo que cuesta realmente un biocombustible "limpio". Los números funcionan. Sin embargo, lo que no miden, también importa.

13 de setembro de 202619 min de lecturaES

Lo que sigue es una recensión comentada. Parte de un artículo científico concreto, Zhang et al. (2017), publicado en acceso abierto en *PLoS ONE*, y reconstruye lo que el estudio mide y lo que sus cifras dicen, con las correcciones de precisión que la divulgación habitual suele pasar por alto. A partir de la sección “Los riesgos que el estudio no nombra”, el texto deja de comentar el paper y empieza a discutir con él: lo que su frontera de sistema deja fuera, cómo se leería el mismo caso desde la Teoría de la Megabiodiversidad, y qué tiene que ver todo esto con la ley que Panamá lleva quince años sin aprobar. Ese análisis es mío y no del estudio citado. La línea entre ambas cosas está marcada, como debe de ser.

El camote que quiso ser gasolina

La seguridad energética es el andamiaje que sostiene la soberanía de las naciones modernas. En el caso de China el desafío alcanzó proporciones críticas hace más de una década: en 2012 el consumo de petróleo llegó a 484 millones de toneladas, con una dependencia de importaciones del 57.1 %, por encima incluso de la vulnerabilidad externa de Estados Unidos, que importaba, en aquel entonces, el 53.5 %. En ese tablero, el bioetanol se presentó como promesa de independencia.

Conviene subrayar el tiempo verbal. Se presentó. El estudio que comento aquí se escribió hace tiempo, en el momento exacto en que la promesa parecía a punto de cumplirse, y leerlo hoy exige saber que no se cumplió como se esperaba. Volveré sobre eso al final.

En 2012 —el año del fin del mundo— la promesa venía con una trampa incorporada, y la trampa era técnica antes que ideológica: si la producción del combustible verde no se gestiona con rigor, el remedio puede resultar tan tóxico para los ecosistemas como la enfermedad fósil que pretende curar.

El problema no está en la biomasa. Está en la arquitectura de su procesamiento.

El suroeste de China ofrece aquí una lección poco citada y que no está de más recuperar. Un cultivo humilde y resistente, el camote (Ipomoea batatas), se convirtió en protagonista de una transición que aspiraba a algo más que sustituir un líquido por otro. Rendía bien por hectárea y, sobre todo, admitía integrarse en configuraciones industriales que imitaban los ciclos cerrados de la naturaleza.

Los datos de este caso, una única cadena productiva del suroeste chino evaluada con inventario de campo y el modelo GREET calibrado a condiciones locales, sugieren que la etiqueta de “renovable” es insuficiente sin circularidad. La diferencia entre un biocombustible que ensucia y uno que regenera está en cómo se cierran los ciclos de agua, energía y nutrientes.

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El mito de la energía limpia que ensucia el agua

Hay una contradicción incómoda en el Modo de Producción Convencional (CPM): un combustible nacido del campo puede terminar asfixiando los ríos. En ese sistema, el bioetanol de camote genera un Potencial de Eutrofización alarmante. El culpable no es el etanol. Es la vinaza, el residuo líquido de la destilación, que sin tratamiento llega a los cuerpos de agua con concentraciones de demanda química de oxígeno de hasta 62 530 mg/L. Para poner escala: por cada mil litros de etanol, el proceso arroja 12.44 toneladas de vinaza.

Esa descarga satura los ecosistemas acuáticos de nutrientes orgánicos, dispara el crecimiento de algas, agota el oxígeno y colapsa la biodiversidad local. En el modo convencional, la eutrofización asociada a mil litros de bioetanol equivale a 1.9 veces el impacto medio por habitante del planeta. Zhang y sus colegas, retomando el trabajo previo de Xia, identifican la ausencia de tratamiento de aguas residuales como causa primaria de la eutrofización en estas cadenas de producción.

Cogeneración: convertir el residuo en motor

El Modo de Cogeneración (CGM) recalibra la definición de desecho. En lugar de tratar la vinaza como un estorbo, la convierte en el motor del proceso.

El sistema la separa en dos corrientes. El residuo sólido pasa por digestión anaerobia y produce biogás, compuesto en un 55 % por metano, que se quema in situ para generar electricidad y vapor. La fracción líquida, casi doce toneladas por cada mil litros de etanol, atraviesa reactores de circulación interna (IC) y de lecho de lodos anaerobios de flujo ascendente (UASB) hasta cumplir la norma nacional de vertido. Dos tecnologías distintas para dos problemas distintos: una recupera energía, la otra evita la asfixia del río.

Los efectos sistémicos son inmediatos. El consumo de carbón cae de 690 a 361 kilogramos por unidad funcional al sustituirlo por biogás propio. El potencial de oxidación fotoquímica y el de toxicidad humana descienden con él, porque ambos dependían de las emisiones de azufre y nitrógeno de la combustión del carbón. Y la carga orgánica vertida se desploma: la DQO pasa de 740.77 kg a 0.41 kg.

Cerrar el círculo: el CO₂ como producto

El Modo de Economía Circular (CEM) va un paso más allá. El dióxido de carbono liberado durante la destilación no se pierde en la atmósfera: se lava, comprime, purifica, seca y condensa para venderse como CO₂ líquido. Los lodos anaerobios y los residuos sólidos se transforman en 0.36 toneladas de biofertilizante por cada mil litros de etanol, que sustituyen fertilizante mineral en el propio campo de origen.

Se debe resistir la tentación triunfalista de leerlo como una mejora en todos los frentes. Capturar CO₂ cuesta energía, y esa energía deja huella. Frente al modo de cogeneración, el circular emite un 19.6 % más de dióxido de azufre, algo más de óxidos de nitrógeno y de compuestos orgánicos volátiles, y empeora ligeramente el potencial de oxidación fotoquímica (0.16 frente a 0.15 kg C₂H₄ eq.) y el de toxicidad humana (3.14 frente a 3.11 kg 1,4-DCB eq.). Toda circularidad tiene un peaje termodinámico. Saberlo y mencionarlo es lo que separa el análisis de la propaganda.

Dicho esto, el balance agregado favorece con claridad al modelo circular:

  • El índice compuesto de impacto ambiental cae un 73.46 % respecto al modo convencional y un 23.36 % respecto a la cogeneración simple.

  • La reintegración de biofertilizantes reduce un 20.53 % el requerimiento energético de la unidad de cultivo.

  • El foco del daño se desplaza. Limpiada la fábrica, el impacto dominante pasa a ser agrícola: volatilización de amoníaco, escurrimiento de nitrógeno, pérdida de nutrientes del suelo. La prioridad deja de ser la caldera y pasa a ser la precisión de la parcela.

La eficiencia energética no es una opinión, es una cifra

Dos indicadores cuentan la historia real: la Relación de Energía Neta (NER), que divide la energía contenida en el etanol entre la energía fósil invertida, y la Ganancia de Energía Neta (NEG), el excedente absoluto por litro.

El NER sube de 1.23 en el modo convencional a 2.20 con cogeneración y a 2.23 en el circular. El convencional apenas supera el umbral de viabilidad: por cada unidad de energía fósil invertida devuelve 1.23. El circular devuelve más del doble.

El NEG exige una lectura más quirúrgica, porque la cifra desmiente la intuición. Pasa de 4.37 MJ/L en el convencional a 12.71 MJ/L con cogeneración, un salto del 193 %. Del CGM al CEM, en cambio, la mejora es de 12.71 a 12.81 MJ/L: menos del 1 %. Dicho sin anestesia: casi toda la ganancia energética la produce la cogeneración, no el cierre del círculo. La economía circular no gana la batalla de los julios, que ya estaba ganada. La gana en el terreno del daño evitado. Confundir ambas cosas es el error más frecuente cuando estos estudios saltan del paper al comunicado de prensa.

Los riesgos que el estudio no nombra

Todo Análisis de Ciclo de Vida es, antes que un cálculo, un acto de delimitación. Alguien decide dónde termina el sistema y dónde empieza el resto del mundo. La línea de puntos que encierra las tres unidades del estudio, cultivo, transporte y conversión, separa lo que contará como impacto de lo que quedará invisible. Aunque lo que quede fuera merezca tanta atención como lo que queda dentro.

El CO₂ que se vende no desaparece

El modelo circular acredita una caída del 84.38 % en el potencial de calentamiento global de la unidad de conversión porque captura el dióxido de carbono de la destilación y lo comercializa. Pero el CO₂ industrial licuado tiene destinos conocidos: bebidas carbonatadas, atmósferas de invernadero, soldadura, cadena de frío. En casi todos vuelve a la atmósfera en semanas o meses. La captura contabilizada es un diferimiento con cambio de titularidad. Sigue siendo una mejora real, porque desplaza CO₂ fósil de otro productor industrial, pero no es una sustracción del ciclo del carbono. El estudio no distingue ambos casos.

Carbono biogénico contabilizado junto al fósil

De los 1 320.98 kg de CO₂ del modo convencional, 750 proceden directamente de la fermentación: carbono que la batata tomó de la atmósfera meses antes. La convención internacional dominante lo trata como neutro. Al no separarlo del CO₂ de la combustión de carbón, parte del diferencial de calentamiento global entre modos podría ser un artefacto contable antes que una reducción física. No hay aquí mala fe, sino una ambigüedad metodológica sin resolver que cambia la magnitud del titular.

Lo que nunca entró en el inventario

El agua no se contabiliza porque el cultivo es de secano, una exención que viaja pésimo a cualquier geografía con estación seca marcada o competencia por el acuífero. Tampoco entran el uso del suelo ni su cambio indirecto, la infraestructura y los bienes de capital, ni el trabajo humano. Y, de forma notable, tampoco la biodiversidad. En un estudio que mide cinco categorías de impacto, ninguna captura la pérdida de vida.

Un cultivo alimentario reconvertido

Cada tonelada de bioetanol consume 7.5 toneladas de raíz fresca. El modelo contractual “Empresa + Agricultor”, que permite el radio logístico de treinta kilómetros, es también el mecanismo por el que una decisión de precio en la planta reconfigura qué se siembra en la ladera. La seguridad energética que gana la nación puede restarse de la seguridad alimentaria de la parcela, y esa transferencia no tiene columna en ninguna tabla.

La ladera

Las regiones montañosas del curso medio y bajo del Yangtsé concentran el 60 % de la superficie plantada de camote del país. Son terrenos en pendiente, con suelos erosionables, y un cultivo de raíz implica remoción en cosecha. El estudio acierta al señalar que el impacto se desplaza al campo, pero no modela la pérdida de suelo, que es el pasivo ambiental de retorno más lento y el único irreversible a escala humana.

El biofertilizante como caja negra

Las 0.36 toneladas proceden de lodos anaerobios, y los lodos concentran lo que entra en el sistema: metales pesados de los fertilizantes minerales previos, residuos de los 193.69 gramos de pesticida que van al suelo, patógenos. Devolverlos al campo cierra el ciclo de nutrientes y puede cerrar también el de los contaminantes. El estudio acredita la sustitución sin caracterizar la calidad de lo sustituido.

La fecha de caducidad de los factores

El inventario se calibra con GREET 2012, la caracterización procede de CML-IA 2000, la normalización se hace contra el impacto medio por habitante del planeta en el año 2000 y los coeficientes de ponderación vienen de un trabajo de 2006 sobre trigo en la llanura del norte de China. Es práctica estándar y no invalida nada. Pero significa que ese 73.46 % que todos citaremos descansa sobre un juicio de valor acerca de cuánto pesa un kilo de fosfato frente a un kilo de CO₂, emitido hace veinte años en otro contexto. Los porcentajes de reducción son robustos. La jerarquía entre categorías es convencional.

El efecto rebote

Ninguna de estas cifras responde a la pregunta de escala: ¿el bioetanol sustituye gasolina o se suma a ella? Un combustible más eficiente y más barato en un mercado en expansión puede aumentar el consumo total de energía líquida. El ACV mide intensidad por litro, pero atmósfera solo lee totales.

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La lectura desde la Teoría de la Megabiodiversidad

Hay una pregunta que este estudio, riguroso como es, no puede formular con las herramientas que eligió: qué le pasa al territorio.

Las cinco categorías del ACV, calentamiento global, oxidación fotoquímica, acidificación, eutrofización y toxicidad humana, comparten arquitectura. Todas miden flujos de contaminante hacia compartimentos: aire, agua, suelo, cuerpo humano. Ninguna mide estructura, función ni información del sistema vivo que ocupa esa ladera del Yangtsé. La batata entra en el inventario como 35 toneladas por hectárea y como 157.5 kilos de nitrógeno aplicado. El ecosistema que la sostiene no entra en absoluto. Es un sistema contable donde la biodiversidad carece de unidad de medida.

Desde el marco triaxial de la Teoría de la Megabiodiversidad, MGBSD = (GEO_e ⊗ BIO_i ⊗ SI_o) | T × E, lo que el estudio ejecuta es una optimización casi perfecta de un solo eje. El geofísico-energético está tratado con precisión admirable: julios, kilogramos, rendimientos de conversión, balances de masa. El biótico aparece reducido a su función productiva, la raíz como portadora de almidón. El socio-informacional se limita a un dato logístico de treinta kilómetros y a un modelo contractual cuyas consecuencias sobre la capacidad de decisión del agricultor nadie evalúa. Y la condición de territorialidad y escala, ese `| T × E` que la fórmula impone, es justamente lo que el ACV suspende: los factores de normalización son per cápita mundiales, de modo que el daño se compara con un promedio planetario abstracto y jamás con la capacidad de carga del lugar concreto donde ocurre.

Esto es, en términos de la TMD, una Deuda Informacional Ambiental de manual. El sistema produce una cifra de altísima precisión sobre una base informacional que ha silenciado dimensiones enteras del fenómeno. No hay error de cálculo. Hay un déficit estructural de captura, y su peligro específico consiste en que la precisión de lo medido presta credibilidad a lo no medido.

La Cuádruple Naturaleza del Dato Ambiental ayuda a ver por qué. Cada uno de estos números es a la vez medida física, construcción metodológica, activo económico y acto de gobernanza. Los 20.37 kg PO₄ eq. del modo convencional son una magnitud fisicoquímica; son también el resultado de haber elegido CML-IA 2000; son el argumento con el que una planta obtiene o pierde financiación verde; y son el criterio por el que un regulador autorizará la siguiente concesión. Tratarlos solo en su primera naturaleza, como hace por defecto la literatura técnica, equivale a entregar las otras tres sin negociación.

De ahí que la aportación más transferible de este trabajo no sea el dato sino el principio de arquitectura: la circularidad es una propiedad del diseño, no del insumo. El camote no es sostenible ni insostenible. Lo es la configuración de flujos en la que se inserta. El mismo tubérculo produce 20.37 o 3.03 kg PO₄ eq. según cómo se decida tratar la vinaza. Es exactamente lo que la TMD sostiene sobre la megabiodiversidad tropical: no es una dotación heredada que se tiene o no se tiene, sino un estado del sistema que la arquitectura de gobernanza sostiene o disipa.

Aquí el “Código Tierra” deja de ser una abstracción. Si los números ambientales van a operar como activos, créditos por el CO₂ licuado, primas de sostenibilidad por el biofertilizante, acceso a mercados regulados según el índice compuesto, la trazabilidad de su procedencia se vuelve la condición de que el activo no sea fraudulento. Cada cifra debería viajar con su cadena de custodia: quién midió, con qué frontera de sistema, bajo qué convención de carbono biogénico, con qué factores y de qué año. Un 73.46 % sin ese linaje es una afirmación. Con él es un instrumento. Entre ambos estados está la diferencia entre un mercado ambiental funcional y uno que colapsará el día en que alguien audite la frontera del sistema.

Nueve años después

Prometí volver sobre la promesa incumplida del Bioetanol durante el fin del mundo. Hay un efecto rebote y hay también su contrario, y el tablero chino se movió de una forma que ninguno de los autores del estudio podía anticipar.

La dependencia del petróleo importado no bajó. Subió, ronda el 70 % y las proyecciones oficiales la mantienen ahí durante el siguiente plan quinquenal. El mandato nacional de mezcla E10, anunciado en 2017 para cubrir todo el país en 2020, se suspendió de hecho por falta de capacidad instalada y por el encarecimiento del maíz. Y la sustitución de gasolina que el bioetanol prometía la está ejecutando otra tecnología: la electrificación del transporte, que en 2026 desplaza en torno a 650 000 barriles diarios de gasolina, con una demanda de combustible de carretera en caída estructural por segundo año consecutivo. El país que en 2012 buscaba independencia en la ladera del Yangtsé la está encontrando en la batería.

Esto no invalida el estudio. Pero lo reubica. La cadena camote-etanol deja de ser una respuesta a la seguridad energética nacional y pasa a ser lo que siempre fue en el plano metodológico: un laboratorio de arquitectura circular aplicable a cualquier proceso agroindustrial que genere vinaza, CO₂ de fermentación y lodos. Es decir, a casi toda la agroindustria tropical. El valor transferible nunca estuvo en el litro de etanol, y la lección que queda es que la economía circular funciona como norma mínima de diseño, no como excepción voluntaria.

El debate también es nuestro

Si todo lo anterior pareciera una discusión sobre una ladera lejana, conviene mirar el calendario panameño.

Panamá lleva quince años intentando mezclar etanol con su gasolina. La Ley 42 de 2011 fijó los lineamientos de la política nacional de biocombustibles. El propósito se intentó en 2013, en 2014, en 2023 y en 2024, y cada vez se aplazó. La Ley 355 de 2023 mantuvo viva la obligación de mezcla. En octubre de 2025 el Ejecutivo presentó ante la Asamblea el proyecto de ley 443, que establece un corte obligatorio del 10 % de etanol anhidro en toda la gasolina del país. En marzo de 2026 la Secretaría Nacional de Energía volvió a posponer la entrada en vigor, reconociendo que no existen las condiciones técnicas, regulatorias ni de mercado. En abril la Asamblea suspendió el debate del proyecto y la obligatoriedad quedó demandada ante la Corte. Este mes de septiembre el país recibe la Cumbre Panamericana de Biocombustibles Líquidos. Quince años, cuatro aplazamientos y ninguna destilería construida.

Las cifras del expediente son públicas y merecen leerse juntas. Panamá consumió cerca de 330 millones de galones de gasolina entre enero y noviembre de 2025. El sector azucarero calcula que cubrir un E10 nacional exigiría alrededor de 22 000 hectáreas adicionales de caña, prácticamente duplicando la superficie actual, con proyecciones sectoriales que hablan de llegar a 45 000. La inversión estimada ronda los 500 millones de dólares, de los cuales unos 250 irían a adquisición de tierras y más de 120 a construir destilerías que hoy no existen.

Ese último dato es el más importante de todos y casi nadie lo trata como tal. Las destilerías no existen todavía. La decisión de arquitectura sigue abierta.

El debate público panameño se ha organizado en torno a una sola variable, el porcentaje de mezcla, con las pasiones previsibles de todo asunto ambiental en el istmo: los que ven soberanía energética y reactivación agrícola, los que ven un negocio a la medida de unos pocos ingenios, los que denuncian conflictos de interés, los que temen por el precio del combustible o por la conservación de sus motores. Son discusiones legítimas, auqnue ninguna de ellas decide el impacto ambiental que tendrá el proyecto.

Lo que Zhang y sus colegas muestran es que el mismo litro de etanol produce 20.37 o 3.03 kilos de eutrofización según lo que se haga con la vinaza. Un porcentaje de mezcla no determina nada de eso. Lo determina el diseño de la planta, y ese diseño se fija en el papel antes de verter el primer metro cúbico de hormigón. Panamá discute el 10 % mientras la pregunta que importa, qué configuración tendrán las destilerías que aún no se han construido, no aparece en el proyecto de ley.

Hay una segunda diferencia, más incómoda. El estudio chino excluye de su frontera de sistema el uso del suelo, el cambio indirecto de uso del suelo, el agua de riego y la biodiversidad, porque en el suroeste de China esas variables eran razonablemente estables y el cultivo era de secano. En un istmo megadiverso, duplicar la superficie de un monocultivo es exactamente la variable que decide el resultado. Aplicar aquí una metodología calibrada allí, sin ajustar la frontera, produciría números impecables sobre el proceso equivocado.

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Lo que viene después de esta lectura

En China la promesa se desplazó hacia la batería. La caña panameña entra ahora en el mismo relato, quince años más tarde y con un istmo megadiverso de por medio. En ambos casos la pregunta operativa es idéntica: no si el cultivo es verde, sino con qué arquitectura de flujos y con qué frontera de sistema vamos a medirlo.

Y aquí aparece un problema que este artículo ha ido rozando sin nombrarlo del todo. Los números con los que discutimos vienen de otro tiempo. GREET 2012. CML-IA 2000. Factores de normalización calculados sobre el habitante medio del planeta en el año 2000. Coeficientes de ponderación publicados en 2006. Nada de eso es mala ciencia: es ciencia moderna en su propio marco y sigue siendo el estándar. Pero la tecnología, la regulación y la opinión pública se mueven ya a una velocidad que la producción científica no alcanza. Cuando un factor de emisión tarda una década en revisarse y el mercado que lo usa cambia cada trimestre, acabamos tomando decisiones de 2026 con constantes del año 2000. La velocidad tiene además un segundo efecto, más silencioso: hace olvidar de dónde vienen las ideas. Citamos porcentajes sin recordar qué frontera de sistema los produjo, ni quién decidió cuánto pesa un kilo de fosfato frente a un kilo de CO₂.

***

Estos días presento el primer paso para atacar ese desfase por el lado práctico: una calculadora de huella de carbono conforme a ISO 14067, diseñada específicamente para agricultores, ganaderos y pescadores del intertrópico. No para consultoras. Para quien trabaja la tierra y el mar, y a quien la norma europea le está llegando encima sin traducción. La norma cubre una sola categoría, el carbono, que es justamente la puerta por donde entra la exigencia regulatoria; la capa megadiversa, la que se ocupa de lo que el carbono no ve, va encima y es el trabajo de los próximos años.

La calculadora va acompañada de tres sistemas de cumplimiento: EUDR, para la debida diligencia de productos libres de deforestación; EmpCo, la Directiva (UE) 2024/825, para las declaraciones ambientales que ya no podrán hacerse sin prueba; y PPWR, el Reglamento (UE) 2025/40 sobre envases, aplicable desde el pasado 12 de agosto, que convierte la trazabilidad del envase en condición de acceso al mercado y no en argumento de marketing.

Los cuatro juntos son la primera etapa de una ruta más larga, que es la que de verdad importa: la soberanía del dato. Que el productor del trópico no tenga que comprarle a un tercero la evidencia de lo que él mismo hace en su finca. Que el factor de emisión que se le aplica sea auditable, esté fechado y responda a su territorio, no al promedio de un continente ajeno.

Sabemos cerrar el círculo de la materia. Este caso lo demostraba ya hace nueve años. Ahora falta cerrar el de la información y decidir quién tendrá la llave cuando lo hagamos.


Fuente principal

Zhang J, Jia C, Wu Y, Xia X, Xi B, Wang L, Zhai Y (2017). *Life cycle energy efficiency and environmental impact assessment of bioethanol production from sweet potato based on different production modes.* PLoS ONE 12(7): e0180685. Acceso abierto, CC-BY 4.0. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0180685

Otras fuentes

Situación energética china 2025-2026: Kpler, Sinopec Economics & Development Research Institute (vía Reuters), informe anual del CNPC sobre dependencia de importaciones, USDA GAIN sobre la suspensión del mandato E10.

Expediente panameño: La Estrella de Panamá (diciembre de 2025 y abril de 2026), La Prensa (noviembre de 2025 y abril de 2026), Infobae Panamá (enero, marzo y abril de 2026), IICA (enero de 2026).

Marco regulatorio europeo: Reglamento (UE) 2025/40 (PPWR), publicado el 22 de enero de 2025 y aplicable con carácter general desde el 12 de agosto de 2026, en sustitución de la Directiva 94/62/CE. Directiva (UE) 2024/825 (EmpCo).

Nota de autoría

Las secciones “Los riesgos que el estudio no nombra”, “La lectura desde la Teoría de la Megabiodiversidad”, “Nueve años después”, “El debate también es nuestro” y “Lo que viene después de esta lectura” contienen análisis propio y no forman parte de las conclusiones del estudio citado.


Este análisis existe también en versión sonora, en el podcast El Pulpo Verde, y en vídeo.

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